Las noticias provenientes de Innsbruck confirman la densidad cruel de la tragedia de Iguala: ni vivos ni muertos; desaparecidos. La nueva espera decretada por el forense austriaco acrecienta el dolor de las familias que aún buscan a los suyos bajo cualquier indicio por inverosímil que parezca. La falta de pruebas científicas siembra dudas, multiplica la ira y no deja en paz a las víctimas, que no piensan desistir hasta obtener una respuesta que las convenza. La tragedia y sus secuelas, como las terribles revelaciones sobre la incineración de los jóvenes asesinados, son un duro hachazo a la moral colectiva, un recordatorio de la degradación de la convivencia en un país que se dice democrático y de leyes. Iguala, con su trama de impunidades, corrupción y odios apenas encubiertos, es un estigma sobre la conciencia nacional que no se acallará por sí mismo sin un esfuerzo decidido, deliberado y comprometido de construir un nuevo entendimiento nacional.

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