Uno de los subproductos más indeseables de las elecciones intermedias en Estados Unidos –que colocaron al presidente Obama contra la pared– ha sido la reaparición de la amenaza de la Asociación Transpacífica (ATP) tras por lo menos dos años de hibernación. Debe recordarse que, desde esas elecciones, el gobierno enfrenta la perspectiva de dos años de muy limitada funcionalidad y crecientes frustraciones, ante mayorías republicanas recalcitrantes, ruidosamente conservadoras y claramente obstruccionistas en las dos cámaras del Congreso. Para contrarrestarla, el gobierno demócrata se lanzó a una búsqueda exhaustiva de oportunidades de acción, sobre todo en dos vertientes: iniciativas que pudiesen ser puestas en práctica con base en las amplias facultades del Poder Ejecutivo, sin necesidad de aprobación o consentimiento legislativos, por una parte, y por otra, cuestiones que resultaría muy difícil que rechazaran los representantes y senadores republicanos –en especial los menos doctrinarios– por coincidir con causas que tradicionalmente ha defendido su partido. El mejor ejemplo de las primeras es, desde luego, la política migratoria, que ofrece un amplio terreno de acción ejecutiva, aun dentro de un marco legal roto y disfuncional. Obama se apresuró a anunciar acciones en esta materia, que serán ferozmente resistidas por los republicanos pero que corresponden claramente al mejor interés de largo plazo de la sociedad estadunidense y de sus estratos provenientes de la inmigración, ya sea legal o ilegal. Entre las segundas se encuentra la ATP, un proyecto de integración subordinada en la cuenca del Pacífico que es caro a los fanáticos del libre comercio en el Partido Republicano; que es resistido por buen número de legisladores demócratas, aunque también concita algunos apoyos, y del que el presidente y su representante especial de comercio, Michael Froman, han decidido constituirse en campeones.

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