El masivo descontento de los mexicanos por el estado de cosas actual exhibe en su desarrollo una ruta compleja que es prudente examinar. Para unos, el periodo vacacional decembrino lo enfrió de tal manera que ahora permite conducir el quehacer público por los cauces acostumbrados: vuelta a la ansiada normalidad. Imprudente sería, sin embargo, extender ahora el certificado de superación del problema (más bien crisis) que ha sido solicitado desde hace ya tiempo y desde la misma cúpula del gobierno. En la calle, en las plazas, en las reuniones familiares, en las oficinas de variada catadura y en las mentes y actitudes ciudadanas, todavía circula una savia de intranquilidad, desilusión y desconfianza en el futuro. La masa crítica de la inconformidad, la protesta y hasta para la rebelión (en sus variadas formas) está ahí instalada, viva y nerviosa, presta a encontrar el motivo, la causa eficiente que la haga resurgir a la luz de nueva cuenta.

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