Contra mil y una opiniones y reclamos, se los prohibiera la ley o se los impusiera la pericia de sus mercadotécnicos, los aspirantes precandidatos o precandidatos aspirantes se las arreglaron bastante bien para no aportar nada sustancial para la discusión pública en vísperas de la sucesión presidencial. No sin advertir a su “audiencia” que su mensaje estaba dirigido a los constituyentes de 1917 o a los miembros de alguna asamblea partidaria. Sólo les faltó pedir al resto de la ciudadanía que se tapara los oídos, para provocar un magno caos vial vespertino o matutino en nuestra benemérita capital cuyo nombre pocos aciertan a saber.
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