El jueves por la noche nos enteramos de tu asesinato. Tardé en digerir que no “moriste” así nomás, que no “partiste” como decía la mayor parte de los adoloridos mensajes que no se atrevían a señalar que fuiste asesinada, que alguien –dicen que tu pareja– te quitó la vida y nos privó de pronto de tu lúcida presencia, tu humor, tu compromiso y tu conocimiento de la historia de la tribu yaqui.
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