En el siglo XXI en América Latina nos encontramos ante un acontecimiento impensable para la cultura política secular: la repolitización de la religión. Una gran interrogante, para corroborar esta hipótesis en México, era el comportamiento electoral del Partido Encuentro Solidario (PES). Al ser éste un partido confesional, su probable pérdida de registro nos indica que estamos lejos, por ahora, de la pentecostalización de la política. Sin embargo, desde las elecciones de 2018 en México nos dejaron la interrogante de la existencia y disputa del voto religioso. La clase política parecía reconfesionalizarse con sus discursos y referencias morales conservadoras. Empezando por el actual presidente López Obrador, quien a lo largo de estos años ha incorporado referencias religiosas a su discurso. Es decir, ha convertido lo religioso en activo político. Las dirigencias eclesiásticas han vendido la idea de una potente irrupción evangélica que configura un nuevo mapa religioso en México, como lo sucedido en América Latina. El censo de población último ha matizado el crecimiento masivo evangélico. También se vendió la idea de un enorme electorado evangélico supuestamente disciplinado a los dictámenes de los pastores y líderes religiosos. Las elecciones de 2018 dejaron patente que el supuesto voto evangélico que se movilizó por AMLO no necesariamente se debió a una consigna ni obediencia hacia sus iglesias. También los resultados electorales de 2018 y 2021 muestran que la votación masiva de electores –en su mayoría creyentes– se debió a muchas consideraciones políticas, pero no necesariamente a las doctrinas religiosas o mandatos divinos. Prueba de ello es que el Partido Encuentro Social, de confesional corte pentecostal, no ha alcanzado el mínimo 3 por ciento de votación requerida para retener su registro.
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