No será inmediato el balance formal y político de los resultados de la elección del 6 de junio. Seguramente mediarán impugnaciones de diversos partidos, como expresión del clima de polarización y de violencia que caracterizó al proceso. Sin duda, será significativo conocer resultados sobre las gubernaturas en juego y las casi 2 mil presidencias municipales en renovación que moverán o reafirmarán la dinámica de factores de poder local, así como el mapa político nacional, vigente en el primer trienio del gobierno que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, es la futura composición de la Cámara de Diputados la que impactará en directo al segundo trienio del sexenio en curso. Fue ese espacio con su mayoría calificada de Morena y sus aliados, el que permitió que desde Palacio Nacional se tomaran decisiones convertidas en iniciativas de reformas constitucionales y legales, que aprobaron, en general sin cambiarle “ni un punto ni una coma”. Es probable que la próxima legislatura presente dificultades para operar como ha sucedido hasta ahora, al variar su composición en términos menos favorables. A esa evidencia del cuestionado principio de división de poderes se suman los entredichos del Poder Judicial. Por cierto, vale recordar que tal situación, el llamado presidencialismo hegemónico, tiene larga historia en el país. De esta manera, en el trienio restante se verá la factibilidad de las reformas constitucionales que tendría en la agenda el titular del Ejecutivo y que requieren mayoría calificada, dos terceras partes de votación, si bien su muy probable mayoría simple permitiría la aprobación de un factor clave, como la definición del presupuesto anual de ingresos y egresos. .
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