Nunca se había vivido en México un periodo de transición presidencial tan intenso y complicado como el que terminará el primer día de diciembre próximo. No ha sido solamente el factor temporal tan extenso (seis meses, a partir de la noche en que todo quedó sellado en favor de Andrés Manuel López Obrador), pues otras sucesiones se han movido en similares parámetros de calendario. La peculiaridad de este proceso radica en el apabullante triunfo electoral de un candidato expansivo y controlador (AMLO), que a la vez ha contado (por circunstancias o por arreglos) con una suerte de temprana retirada táctica del detentador del poder formal (Enrique Peña Nieto).
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