Me preparaba para ir a Tlatelolco y un amigo, que llamaré HH, me habló por teléfono y me dijo que no fuera. Que había visto carros militares, patrullas y ambulancias en las inmediaciones y que no pintaba bien el panorama. Le hice caso, pues HH ya había sido víctima de la policía política que se introdujo en su departamento, destrozándolo, y que en esos momentos estaba hospedado clandestinamente en la casa de otro de mis grandes amigos que no tenía relación alguna con la izquierda ni con el movimiento estudiantil.
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