La dinamita fue inventada por Alfred Nobel en 1866, cuando logró domeñar a la nitroglicerina que había sido descubierta en 1847 por el químico italiano Ascanio Sobrero, como un líquido explosivo prácticamente imposible de controlar. El mérito de Nobel consistió en mezclar nitroglicerina con tierra de diatomeas, absorbiendo y estabilizando la nitroglicerina, y convirtiéndola en un polvo explosivo seguro y práctico capaz de ser transportado y manipulado. Algo similar ha ocurrido en el campo de las ideas, de la epistemología. Esta vez el peligroso y explosivo pensamiento crítico, cuyas mayores expresiones se remontan a los siglos XIX y XX (marxismos, anarquismos, leninismos, maoísmos, guevarismos, existencialismos, etcétera), parece haber readquirido un nuevo potencial, al combinarse con el pensamiento complejo que nació de la crítica a una ciencia convertida en un conjunto desarticulado de conocimientos especializados, aislados o parcelados y al servicio del capital. El pensamiento complejo logra recuperar un panorama completo, integrado u holístico de la realidad (por ejemplo, analizando de manera integrada fenómenos naturales y sociales) y cuando se combina con el pensamiento crítico se convierte en una fórmula altamente peligrosa y demoledora de los sistemas que hoy dominan el mundo (el neoliberalismo, pero también los regímenes autoritarios de China, Corea del Norte o Rusia). Esta mezcla explosiva de las dos mayores corrientes antisistema permite por un lado relanzar el pensamiento crítico que quedó anquilosado y atrapado por sus propios dogmas decimonónicos (por ejemplo el marxismo quedó secuestrado por los científicos sociales y terminó siendo una versión meramente economicista de la realidad), y por el otro dotó al pensamiento complejo de una dimensión social, cultural y política de la que carecía.
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