Fuego, paraguas, banderas, cantos, cacerolas, chalecos amarillos. Las rebeliones ciudadanas de las últimas semanas esplenden en varios puntos del orbe, como una continuación de la disminuida resistencia popular en Francia, y aderezando la sacudida global que provocó Greta Thunberg, una adolescente, no un estadista, predicador o intelectual, sobre el cambio climático, y que generó que 7 millones de ciudadanos tomaran las calles para denunciar el cinismo de quienes dirigen el mundo. Volcados millones de seres humanos para expresar su desilusión y hartazgo, pero también su defensa por la vida, la dignidad y los derechos humanos, en Hong Kong, Líbano o Francia, en Cataluña, Ecuador, Irán o Chile, el fenómeno sugiere por lo menos tres cosas. Primero, la crisis de las instituciones políticas de la modernidad, es decir, la que acumula la democracia representativa, y con ello los partidos políticos y los estados. Segundo, los evidentes fallos en los mecanismos de sujeción ideológica del sistema, que ya no alcanzan a anestesiar con eficacia a los individuos. Si el consumo, el confort y la supuesta fe en el progreso actuaban como suavizantes o edulcorantes de la verdadera faz del sistema, las propias crisis económicas reducen sustancialmente sus efectos. Y tercero, el derrumbe del mito que pretendía ocultar y luego justificar el contubernio entre el Estado y el capital, esencia y presencia de los regímenes neoliberales y de las otras fórmulas aparentemente diferentes.
de La Jornada: Política https://ift.tt/32gjUec
No hay comentarios:
Publicar un comentario