Al amanecer del último día del año tuve un sueño rarísimo: acudía a un podio donde estaba Dios y un grupo de santos. Dios parecía un hombre de 65 años, de mirada profunda y bondadosa, recién bañado, afeitado y peluqueado, se cubría con una capa verde. La corte que lo acompañaba no inspiraba santidad, sino un tufo a cerveza, propio de esta época del año. Los santos lucían excesivamente humanos, casi rufianes, con las miradas perdidas y un poco tambaleantes.
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