lunes, 13 de enero de 2020

Ortiz Tejeda: Nosotros ya no somos los mismos

Démosle merecido final al capítulo inicial de este obsesivo alegato que he venido pergeñando desde hace ya varios lunes sobre un asunto por demás discutible y muy digno de discusión: se trata de la opinión sumamente generalizada que sostiene: la “unidad nacional” es condición sine qua non para que los mexicanos podamos aspirar a mejores destinos. Sin ella resulta vano emprender empresas de gran calado, pretender superar deficiencias o solucionar problemas ancestrales que reclaman, evidentemente, un indispensable concurso colectivo. Esta teoría no es tan inocente ni tan desinteresada. No dudo que para muchas personas de buena fe, la anterior concepción de la transformación y el avance social representen un axioma, un dogma. Sin embargo, para quienes con leche nos hemos quemado el gaznate, hasta al Glenfiddich y al Macallan on the rocks, les soplamos preventivamente. Simplemente pienso que condicionar los avances y mejoras de la convivencia social a la conformidad y aplauso de una opinión unánime, representa una estratagema para preservar las condiciones de privilegio de los menos, sustentadas, obviamente, en las carencias, explotación, vasallaje y, por supuesto, la invisibilidad de las mayorías. La idea de la “unidad nacional” implica una usurpación de derechos, sentimientos, expectativas y aspiraciones de las mayorías. Los poseedores, que no propietarios, de la riqueza nacional por todos construida y por unos cuantos detentada son, han sido, además, los más hábiles ilusionistas, prestidigitadores (¡Cuidado con la competencia, mi admirado David Copperfield!). Desde los conquistadores, los realistas, los centralistas, los conservadores, los reaccionarios, los fifís. Sí, desde los orígenes hasta la fecha nos embaucan con espejitos y bisutería (ahora mercadotécnica y computacional), con encuestología, prefabricada sobre pedido y redes llamadas sociales que, desgraciadamente, no sólo enlazan, comunican e integran sino que, lamentablemente capturan, adocenan y privan de su libertad a quienes deben tenerla para explorar todas las aguas posibles. Los troles y bots son los inquisidores, los arbitrarios y selectivos oidores de la audiencia y aún, los verdugos anónimos de las voces disidentes y libertarias.

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