Las caras demacradas de los cajeros y cajeras de los pequeños almacenes de víveres, de las empleadas en la tintorería y otras tiendas diversas del barrio de la Maub, justo al otro lado del Sena frente a la catedral de Notre Dame rodeada de andamios, muestran el cansancio que afecta a los trabajadores parisienses a causa de una huelga de transportes que se alarga ya más de un mes. Tres horas para llegar al lugar de empleo, tres horas para regresar a sus domicilios. Caminatas, atropellos para lograr subir a un vagón de tren que conduzca a los suburbios, desmañanados por los levantares en la madrugada para atrapar las escasas ramas del Metro que circulan entre las seis y las nueve de la mañana. Embotellamientos de kilómetros para quienes se lanzan en automóvil hacia la capital y tratan de salir de ella rumbo a sus hogares al anochecer.
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