La visita del Presidente de México al de Estados Unidos fue y todavía es, piedra de toque delicado. La polémica profundiza una enredada crítica revisionista que aún no termina. La andanada empezó desde el momento en que se dio a conocer la posibilidad del viaje al norte. Siendo la primera salida que haría AMLO, los vaticinios de desastre no se hicieron esperar. Suposiciones fueron y vinieron, tratando de hacerlas pasar como realidades ciertas y alegar lo inoportuno y peligroso del encuentro. En esencia, la alharaca giró en torno a los rijosos desplantes de una inestable, contradictoria, perversa personalidad de Trump. Imposible obtener, se dijo con vehemencia, algún bien utilizable para México de tal conexión. Todo se condensaría, según “expertos” en la realidad estadunidense e improvisados teóricos de las relaciones externas con el norteño país, en una aventura sin logro positivo. Los inminentes desaires y humillaciones del volátil ocupante de la Casa Blanca, se auguraron por aquí y acullá sin mesura alguna por parte de los opositores al viaje. Todo sería un garrafal error y de ahí se desprendía una cascada, casi infinita, de consecuencias dañinas. Todavía ahora, un analista (A. Basave, Proceso) sentencia que, cuando Trump sea juzgado por la historia, la ignominia caerá también sobre AMLO, su incauto visitante.
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