Cuando releí la columneta anterior, o sea la del lunes 6, con el fin de darle debida continuidad, tuve la impresión de que había exagerado en el anuncio sobre lo convulsionante de los contenidos que conformarían la edición que la multitud tiene hoy en sus manos. En ese momento no reflexioné que, por crear expectativas tan soflameras, se abren amplias posibilidades de quedar como exagerado y mitotero. Decidí, entonces, enmendarme la plana y bajarle de nivel y color a mis excesos prospectivos. Como es, para bien o para mal, costumbre, recordé a Monsi y me dije a mí mismo: “mí mismo, recuerda a los doctorcitos de la tele que se dedican a fatigar el apocalipsis para epatar audiencias y abultar la faltriquera”.
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