Para muchos historiadores, 1920 marca el final de la lucha armada, porque durante ese año, el presidente interino Adolfo de la Huerta (gobernó del 23 de mayo al 30 de noviembre) logró que se sometieran al gobierno o se pacificaran todos los rebeldes que se mantenían en pie de guerra contra el gobierno, tanto de origen revolucionario como Pancho Villa o Saturnino Cedillo (los zapatistas se habían unido a la rebelión encabezada por De la Huerta), como los contrarrevolucionarios “mapaches” de Chiapas, felixistas de Oaxaca o Manuel Peláez, el mercenario a sueldo de las compañías petroleras anglosajonas. Al liberar al ejército de las campañas contra los rebeldes, se pudieron dar golpes decisivos al bandolerismo común. Dos días de ese año quiero traer a la memoria: el 21 de mayo y el 29 de julio.
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