Hoy me acordé de una frase del Quijote pero, primero, les diré por qué. Hay un desajuste entre la idea democrática que triunfó en julio de 2018 y las prácticas de reparto de cuotas, dinero ilegal, y confusiones entre legitimidad y celebridad. La democracia de la transición era autocomplaciente, satisfecha con ser un tema de partidos y sus burocracias, agentes y procedimientos. Era una democracia que extinguía la política. Pero el impulso de los ciudadanos es una práctica en la que cada semana entran nuevos recién llegados. Quién puede hacer política y desde dónde, son preguntas en litigio perpetuo en este proceso que cuestiona todos los días si la irrupción de 30 millones de votos puede ser algo más que opinar sobre tal o cual medida del gobierno o implicará abrirse a los que “no forman parte”. Es justo lo que subyace a la idea de democracia: bajo el presupuesto de que todos somos iguales, hay que acostumbrar el oído para no escuchar ruido sino demandas, y los ojos para ver sujetos políticos en el curso de definirse a sí mismos. No todo es estatal, mucho menos presidencial.
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