Para muchos, la terrible experiencia del 2 de octubre de 1968 fue suficiente. Para otros más jóvenes, la del 10 de junio fue la que sobrepasó la paciencia de la que depende el ser ciudadano. Ambas mareas desembocaron en la convicción de que sólo quedaba la guerra revolucionaria, la eventual demolición del Estado heredado de la Revolución.
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