Un inmenso mar de personas apretujadas y vitales llenaba toda la plaza, marea que se extendía a perder de vista, a tal grado que Fidel Castro exclamó que no esperaba que acudiera tanta gente, y que ello era la medida inconfundible de la enorme responsabilidad que pesaba sobre los dirigentes de la revolución. Era un 2 de septiembre de 1960, se había convocado a la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba (AGNPC) para responder con la “Primera Declaración de la Habana” a las resoluciones de la VII reunión de la OEA, divulgadas como Declaración de San José, que básicamente acusaban a la isla de violar la paz y estabilidad del continente, de no cumplir con los principios democráticos y de propiciar la intervención extranjera del principal enemigo: el comunismo. Esta supuesta intervención se refería a la declaración reciente de la URSS que ayudaría a Cuba en caso de agresión directa y al establecimiento de relaciones con China.
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