La otra tarde, en la Feria del Libro del Zócalo, le escuché a Armando Bartra una frase que origina este texto: “Tenemos una izquierda de resistencia pero no una de construcción”. La idea tiene que ver con que los movimientos sociales, para ser “verdaderos”, deben cumplir con una prescripción de lo que deberían ser: contra el Estado y el poder porque son sólo coerción; a favor de una ficción comunal que antecede cualquier idea de lo político. Sigue siendo válida la crítica que Michel Focault le hacía a la izquierda que, en vez de practicar un tipo distinto de política, se medía ella misma con su relación de conformidad con un texto y sus interpretaciones. Durante siglo y medio, la idea de “lo revolucionario” fue externa a la política misma y servía para medir hasta a las artes. Nunca hubo una mirada de lo que sucedería después del acontecimiento de ruptura, es decir, cómo se instituía un nuevo arte de gobernar porque eso se hace en el ejercicio del poder y la política, y la “verdadera” izquierda sólo resiste. Cuando vino la ruptura, la izquierda y la derecha coincidieron en no poder verla, ya no se diga entenderla.
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